A un mes de asumir la Presidencia de Colombia, Abelardo de la Espriella recibió a Marco Rubio en medio de un acelerado acercamiento con Washington, mientras presume una estrategia de seguridad basada en la fuerza y los bombardeos. La reunión exhibe, más que una relación entre iguales, la voluntad del mandatario colombiano de alinearse con las prioridades de Estados Unidos.

Abelardo de la Espriella apenas lleva un mes en la Presidencia y ya encontró en Marco Rubio el respaldo internacional que necesita para vender su política de “mano dura”. La visita del secretario de Estado estadounidense a Colombia no sólo representa un acercamiento diplomático: evidencia hasta qué punto el nuevo mandatario colombiano está dispuesto a acomodar su agenda de seguridad a los intereses de Washington, particularmente en narcotráfico, migración y cooperación militar.

De la Espriella ha convertido los bombardeos, las operaciones militares y las imágenes de hombres armados abatidos en el principal escaparate de su gobierno. Su apuesta parece ser demostrar fuerza antes que construir resultados duraderos, pese a que especialistas advierten que una ofensiva militar por sí sola no elimina las estructuras criminales ni garantiza que el Estado ocupe los territorios abandonados por los grupos armados. La propaganda de la “mano dura” puede producir titulares inmediatos, pero también puede profundizar la violencia y trasladarla de un territorio a otro.

En ese escenario, Rubio llega a Colombia como una suerte de padrino político de la nueva estrategia, mientras De la Espriella se apresura a estrechar vínculos con Washington. Estados Unidos contempla ampliar su cooperación en seguridad y asistencia, y el gobierno colombiano aparece cada vez más dispuesto a convertirse en un socio prioritario de la estrategia antidrogas estadounidense. El problema es que De la Espriella parece asumir el papel de aliado subordinado, antes que defender una política colombiana definida desde las necesidades de su propia población.

La reunión deja así una imagen difícil de ignorar: un presidente que presume independencia y autoridad, pero que busca legitimidad y respaldo precisamente de una potencia extranjera. De la Espriella puede presentar su acercamiento con Rubio como una victoria diplomática, pero el costo de esa alianza podría ser convertir la seguridad colombiana en una extensión de las prioridades de Washington. Mientras ambos gobiernos celebran el endurecimiento de la estrategia, las comunidades colombianas seguirán enfrentando las consecuencias de una política cuyo éxito no debería medirse por el número de bombardeos o cadáveres, sino por la capacidad real de reducir la violencia y recuperar los territorios.

Retomando información de María Santacecilia para DW.