Quizá no se recuerde muy a menudo, pero en México venimos de una época en la que rara vez se hablaba de la derecha en el debate nacional. Incluso había las mesas de toda la vida en la televisión pública, que no eran incendiarias, estridentes ni nada por el estilo, al contrario; eran cansinas, solemnes, con un lenguaje poco accesibles al grueso de la población, y en las dos décadas previas al 2018, alertando sobre el peligro del “populismo”.
Actualmente ese panorama es muy distinto. Ya hemos hablado sobre las redes sociales y su importancia en el proceso de toma de conciencia que experimenta la sociedad mexicana. Pero también, se empiezan a consolidar espacios en la televisión pública donde se respira aire fresco, llamando a las cosas por su nombre, identificando plenamente a la derecha y a la ultraderecha. Ya podemos hablar de que en México impera ahora sí un paradigma muy distinto, en el que ya se sabe quién es quién, y los gatopardistas anodinos no son bienvenidos, ni en los medios ni en la clase política.
Los comunicadores que ahora sí son bien identificados como de derecha, siguen presentes en espacios de medios tradicionales, aunque ya no con la misma presencia de antes. Por ejemplo, Joaquín López-Dóriga, acérrimo odiador de AMLO, que, a diferencia de quien escribe, ni es teacher ni es periodista; sigue siendo una voz de relativo peso, pero ya no como para ejercer una tutela tal sobre las audiencias como para definir su intención de voto. Se le relegó a Radio Fórmula, que igualmente tiene transmisión audiovisual, pero solo por internet; ya no por televisión.
Ese caso paradigmático representa al resto, donde sucede prácticamente lo mismo, es decir; llevan hasta lo último la animadversión hacia la izquierda imperante en México, las audiencias se alejan o incluso se inconforman, y los dueños de los medios, para cuidar el negocio, prefieren relegarlos a espacios de menor alcance. Aunque ha habido otros casos en que de plano se deshacen de ellos, porque ciertos comunicadores van más allá de solo acatar la línea editorial y de plano comienzan, ya sea a mentir o a atacar a los actores políticos de izquierda de manera visceral. Recientemente vimos a Luis Cárdenas despedirse de MVS con voz entrecortada, tras varios años en que no abandonaba una sonrisa de sorna mientras decía que «todos son iguales», aunque su lista de contactos estuviera llena de amigos panistas, para quienes siempre abría un espacio.
Pedro Ferriz de Con, ya antes corrido de Grupo Imagen y Cadena Tres, y con un intento fallido de candidatura presidencial en 2017, fundó en 2018 un emprendimiento llamado Central FM, con sus hijos y algunos otros colaboradores. Lejos de mostrar oficio periodístico, solo evidenció su fanatismo de derecha. Su medio quebró porque las 50 vistas en vivo de sus programas en promedio lo convirtieron en inviable, pero él acusó censura. Su odio lo llevó a ser parte del delirante movimiento FRENAAA y finalmente a terminar en el esperpéntico medio Atypical Te Ve del cacofónico Carlos Alazraki. En la izquierda recordamos con cariño la reacción de los dos antes mencionados junto con Laura Zapata, cuando se informó en vivo de la contundente victoria de Claudia Sheinbaum en 2024, después de que se habían ya armado toda una historia épica en que la fallida panista triunfaba y ellos volvían al poder.
Se constata la famosa paráfrasis de Antonio Gramsci, «lo viejo no termina de morir y lo nuevo no termina de nacer». Las audiencias gozan de una amplia oferta y disciernen más que nunca. Los viejos rancios del micrófono tienen sus espacios, nadie los censura, pero el pueblo los sanciona al relegarlos e identificarlos con el golpismo. Los comunicadores que estamos con el pueblo nos vamos consolidando y aprendiendo de nuestros errores. El camino así es.
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