La pobreza no sólo reduce el ingreso: también afecta la salud mental y acelera el envejecimiento del cerebro. Por eso, la Pensión para el Bienestar de las Personas Adultas Mayores puede analizarse no únicamente como una política social, fiscal o electoral, sino como una intervención de salud pública con posibles efectos neuroprotectores.

Un estudio del University College London, dirigido por Jacques Wels y publicado en Innovation in Aging, siguió durante décadas a miles de personas. Sus resultados indican que quienes enfrentaron dificultades financieras persistentes o bajos ingresos durante la adultez temprana y media mostraban peor rendimiento cognitivo a los 53 años, un declive más acelerado entre los 53 y los 69, y una salud cerebral más deteriorada hacia los 70. Estas asociaciones se mantuvieron incluso después de considerar la educación, la cognición infantil y las desventajas socioeconómicas sufridas durante la infancia.

El hallazgo es importante: muestra que las condiciones materiales de la adultez también dejan huella. La trayectoria cognitiva no queda completamente determinada en los primeros años de vida: la inseguridad económica acumulada puede modificarla.

El costo mental de la escasez

Los investigadores señalaron dos mecanismos principales. El primero es el estrés crónico. La incertidumbre financiera mantiene activado el eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal y eleva la producción de cortisol. Cuando esta exposición se prolonga, puede afectar el hipocampo —una estructura fundamental para la memoria— y aumentar la vulnerabilidad al deterioro cognitivo.

El segundo mecanismo es la carga cognitiva. Quien vive al día debe dedicar buena parte de su atención a resolver problemas inmediatos: pagar la renta, comprar alimentos, decidir qué cuenta va a posponer o cómo conseguir el dinero para una medicina. Esa preocupación constante reduce el espacio mental para planear, aprender, socializar, hacer ejercicio o participar en actividades recreativas.

La pobreza, en este sentido, no sólo priva de bienes: también captura la atención. La revisión de Ridley y sus colaboradores, publicada en Science, reunió evidencia de que las carencias económicas deterioran la salud mental y cognitiva, en parte porque reducen el llamado “ancho de banda mental”. La escasez obliga a concentrarse en el presente y dificulta pensar con perspectiva.

Otros estudios han encontrado que la percepción de inseguridad financiera puede ser más importante que el ingreso absoluto para predecir el deterioro cognitivo. Las investigaciones de neuroimagen, por su parte, han relacionado los bajos ingresos con un adelgazamiento más marcado de regiones frontales y temporales, vinculadas con la memoria y las funciones ejecutivas.

La Lancet Commission on Dementia Prevention ha identificado la pobreza y la baja escolaridad como “causas de causas”: condiciones que dificultan el acceso a una alimentación adecuada, al control de la hipertensión y la diabetes, a la actividad física, a los servicios médicos y a las redes sociales. Así, la desventaja económica puede convertirse en un estresor que acelera el envejecimiento cerebral por varias vías simultáneas.

Las pensiones del bienestar

La experiencia internacional ofrece razones para pensar que las transferencias monetarias pueden contrarrestar parte de ese proceso. En Sudáfrica, la pensión social no contributiva contribuyó a reducir la pobreza extrema y se asoció con mejoras en la salud mental, especialmente entre mujeres mayores. En Brasil, las pensiones rurales y el Benefício de Prestação Continuada han mejorado la seguridad alimentaria, la continuidad de los tratamientos y algunos indicadores de depresión.

México cuenta también con antecedentes. Las evaluaciones del programa 70 y Más, precursor de la pensión actual, encontraron en zonas rurales menos síntomas depresivos y mayor independencia funcional entre los beneficiarios. Las mediciones cognitivas fueron limitadas, por lo que no permiten afirmar un efecto directo sobre el cerebro; sin embargo, sí muestran que un ingreso básico puede aliviar el malestar emocional y ampliar la autonomía cotidiana.

Política y dignidad

La Pensión para el Bienestar de las Personas Adultas Mayores posee cuatro características decisivas: es universal, no contributiva, de monto fijo y reconocida como un derecho constitucional. Al no exigir una comprobación de pobreza, reduce el estigma asociado a la asistencia. Al estar respaldada jurídicamente, también puede disminuir la incertidumbre sobre el futuro. El ingreso bimestral permite comprar medicamentos, completar la despensa, pagar el transporte, contribuir al gasto familiar o acudir a una consulta. No elimina la precariedad, pero abre un margen de decisión. Y recuperar cierto control sobre la propia vida tiene consecuencias psicológicas: puede reducir la ansiedad, la sensación de indefensión y la depresión.

La autonomía económica modifica además las relaciones familiares. Una persona mayor que cuenta con un ingreso propio puede dejar de ser percibida exclusivamente como una carga y recupera cierta autoridad en el hogar. Ese cambio de posición no es meramente simbólico: la autoestima, la interacción social y la percepción de control forman parte de las condiciones que favorecen un envejecimiento saludable.

Desde la perspectiva de la carga cognitiva, la pensión libera una parte del ancho de banda mental ocupado por la supervivencia. Quien ya no debe elegir entre comprar alimentos o pagar un medicamento puede dedicar más atención a conversar, caminar, leer, cuidar a un nieto o participar en actividades comunitarias. La socialización y la estimulación intelectual protegen frente al declive; la soledad y el aislamiento, en cambio, se asocian con un mayor riesgo de deterioro cognitivo y demencia.

No es una panacea, pero…

El deterioro cognitivo y la demencia imponen una carga considerable a las familias y a los sistemas de salud. Si las condiciones socioeconómicas adversas contribuyen a esos procesos, reducir la pobreza en la vejez puede entenderse como una forma de prevención primaria.

La evidencia disponible aún no permite afirmar que las pensiones del Bienestar retrasen por sí solas la demencia o produzcan cambios directos en la estructura cerebral. Las evaluaciones de largo plazo serán indispensables. Lo que sí puede sostenerse es que la seguridad económica reduce algunos factores relacionados con el deterioro: el estrés, la depresión, la mala alimentación, la interrupción de tratamientos y el aislamiento social.

Evaluar la Pensión para el Bienestar únicamente por su costo presupuestal empobrece la discusión, algo que le encanta hacer a la derecha. Proteger la dignidad económica de las personas mayores es un imperativo moral, pero también puede entenderse como una estrategia eficaz de salud pública.

@gcastroibarra