Donald Trump vuelve a exhibir sus prioridades erráticas al plantear convertir la sala de prensa de la Casa Blanca en una piscina, una ocurrencia que, de acuerdo con The New York Times, considera parte de su legado. La propuesta alimenta las críticas contra un presidente más preocupado por sus caprichos y sus pleitos con la prensa que por respetar el papel del periodismo en una democracia.

Donald Trump parece empeñado en convertir la presidencia de Estados Unidos en un espectáculo de ocurrencias. Según reveló The New York Times, el mandatario habría planteado en reuniones privadas transformar la sala de prensa James S. Brady en una piscina, e incluso habría dicho que quería que esa fuera su última gran herencia política. Mientras el país enfrenta problemas de fondo, Trump parece más interesado en dejar su marca mediante proyectos extravagantes que en ofrecer una visión seria de gobierno.

La propuesta, atribuida a tres fuentes anónimas citadas por el periódico, habría sido planteada en varias ocasiones a Karoline Leavitt, su exsecretaria de Prensa, quien dejó el cargo en agosto. La sala James S. Brady es el espacio donde trabajan los periodistas que cubren la Casa Blanca desde 1970. Eliminarla sin garantizar una alternativa adecuada supondría, en la práctica, desplazar a los reporteros del complejo presidencial, debilitando una presencia periodística que durante décadas ha simbolizado la libertad de prensa en Estados Unidos.

La idea recuperaría el uso original del espacio: Franklin D. Roosevelt mandó construir allí una piscina cubierta en 1933, como parte de una terapia para sus piernas afectadas por la poliomielitis. Richard Nixon ordenó cubrirla posteriormente para habilitar la sala de prensa, inaugurada en 1970. Sin embargo, lo que pudo tener sentido en otra época hoy aparece como una ocurrencia difícil de justificar, especialmente cuando Trump mantiene enfrentamientos constantes con los medios y ha intentado restringir el acceso de periodistas críticos. Un presidente que confunde gobernar con remodelar edificios y pelearse con reporteros termina ofreciendo más espectáculo que liderazgo.

La piscina no es el único proyecto con el que Trump busca imponer su sello personal en la residencia presidencial: también impulsa la construcción de un gran salón de baile que obligó a derribar el Ala Este. A ello se suman sus frecuentes ataques verbales contra periodistas, incluido el episodio de este martes, cuando mandó callar a uno y lo llamó “enfermo”. 

¿Qué clase de legado pretende construir un mandatario que parece tratar las instituciones públicas como si fueran propiedades personales y la prensa como un estorbo? Convertir la sala de prensa en piscina podrá ser una idea llamativa, pero también retrata a un presidente que parece confundir la trascendencia histórica con sus propios caprichos.