A un año del asesinato de mi paisano Carlos Manzo, hay una exigencia que debería estar por encima de cualquier interés político: justicia. Sin embargo, el Movimiento del Sombrero parece cada vez más ocupado en convertir su muerte en una plataforma electoral que en garantizar que se conozca toda la verdad.

La figura de Manzo se ha convertido en un capital político. Una de sus viudas, Grecia Quiroz, heredó la presidencia municipal de Uruapan y ahora deja abierta la posibilidad de buscar la gubernatura de Michoacán en 2027. Es legítimo que cualquier persona aspire a participar en política, pero resulta cuestionable que una tragedia de semejante magnitud termine siendo el principal trampolín de un proyecto electoral.

La exigencia de justicia no puede convertirse en un cheque en blanco, ni en una herramienta para golpear adversarios o construir candidaturas. Mucho menos cuando las investigaciones han revelado un panorama bastante más complejo de lo que el discurso político del movimiento ha querido reconocer.

Las autoridades han señalado al crimen organizado, particularmente al Cártel Jalisco Nueva Generación, como responsable del asesinato. También se han documentado detenciones y posibles filtraciones de información desde el entorno municipal. Incluso el círculo cercano de Manzo ha quedado bajo investigación. Son hechos y líneas que deben esclarecerse hasta sus últimas consecuencias, sin proteger a nadie y sin importar su cercanía política o personal con el exalcalde o con la presidenta actual. 

Y aquí está una de las mayores contradicciones: quienes hoy se presentan como los principales herederos del legado de Carlos Manzo tendrían que ser los primeros interesados en que se investigue absolutamente todo, incluso aquello que pueda incomodarles.

La marcha del aniversario de su asesinato también dejó preguntas. Pese a la expectativa de una gran movilización nacional y a la presencia de contingentes de otros municipios y estados, la convocatoria quedó lejos de proyectar esa fuerza multitudinaria que el movimiento presume en sus redes y discursos. La cobertura periodística reportó alrededor de 3 mil asistentes. La diferencia entre el ruido digital y la capacidad real de movilización merece una reflexión.

Carlos Manzo merece memoria, pero sobre todo merece verdad. No podemos asegurar qué pensaría hoy de quienes conducen su movimiento, pero sí podemos cuestionar que su nombre se utilice para alimentar aspiraciones personales mientras siguen existiendo preguntas fundamentales sobre su asesinato.

No se trata de defender a ningún partido ni de cerrar investigaciones. Se trata de entender algo elemental: la justicia no es un botín político y el dolor de una familia no puede convertirse en una campaña electoral.

Que se investigue a todas y todos, que se castigue a los responsables y que se conozca la verdad. Ese sería el mejor homenaje a Carlos Manzo. Lo demás, por más sombreros que se pongan, es política.

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