La democracia, al igual que los héroes griegos, parece condenada a librar una y otra vez batallas contra monstruos que creíamos extinguidos. La única diferencia es que, en nuestro tiempo, los monstruos suelen presentarse a elecciones.
Si Zeus gobernara en América Latina, habría arrasado en las urnas prometiendo bajar el precio del néctar, barrer con la corrupción del Olimpo y devolverles la gloria a los dioses. Pero ya con la banda presidencial en el pecho, descubriría pronto la realidad: que la ley es un estorbo imperdonable, que el Congreso está repleto de traidores y que cualquier sentencia judicial que le ponga un alto no es justicia, sino un complot orquestado por Poseidón.
Por fortuna, en la antigua Atenas comprendieron a tiempo una verdad demoledora: poner el destino de un pueblo en manos de seres caprichosos y soberbios, por más divinos que se proclamen, siempre termina en desastre. De ese recelo visceral hacia el poder absoluto nació la democracia: el mandato innegociable de que nadie está por encima de las leyes y de que la voluntad de un solo hombre jamás puede dictar el destino de todos.
Veinticinco siglos después, seguimos atrapados en la misma trampa. La única diferencia es que hoy no consultamos al oráculo de Delfos, sino al algoritmo de las redes sociales; y los rayos fulminantes de Zeus fueron reemplazados por decretos a la medida, juicios sumarios en ruedas de prensa y amenazas escritas enteramente con mayúsculas.
El asalto a los tres poderes en Brasil, ocurrido el 8 de enero de 2023 tras una elección auditada y legítima, retrató con nitidez este drama continental. Reveló una confusión peligrosa: creer que la democracia solo es válida cuando gana nuestro candidato. Cuando se asume esa lógica, el voto deja de ser un pacto pacífico para procesar las diferencias y se convierte en una liturgia cuyo resultado debe coincidir, por mandato forzoso, con nuestras simpatías personales.
Aquí es donde aparece el Minotauro.
En el mito clásico, la bestia devoraba a sus víctimas dentro de un laberinto diseñado para que nadie encontrara la salida. Nuestro laberinto contemporáneo está construido con desinformación, polarización artificial y miles de ciudadanos convencidos de poseer la verdad absoluta tras consumir un video de treinta segundos.
En este laberinto, caemos en una trampa peligrosa que envenena la justicia: si una institución frena un capricho popular, la tachamos de corrupta; si un periodista saca a la luz verdades incómodas, lo linchamos como enemigo público; y a los jueces no se les evalúa por apegarse a la Constitución con pruebas y rigor, sino que se les aplaude como héroes o se les condena como villanos dependiendo únicamente de si su sentencia favoreció a nuestro bando o perjudicó a nuestro adversario. En esa lógica ciega, la ley deja de importar: lo único que cuenta es la revancha.
Para entender la salida, hay que recordar el mito: el joven príncipe Teseo entró a la guarida del Minotauro a matar a la bestia, pero sabía que la fuerza bruta no bastaba; sin una guía, moriría atrapado para siempre en la oscuridad. Fue la princesa Ariadna quien le entregó un hilo dorado para ir desenrollándolo en el camino y encontrar el regreso a la luz. En la vida diaria de cualquier ciudadano, ese hilo protector no es magia: son las leyes claras, los juicios limpios y los jueces que resuelven sin miedo al poder ni al clamor de las redes. No basta con proclamar que nuestra causa es justa si para defenderla pisoteamos el proceso legal. Porque el día en que aceptemos saltarnos las reglas para castigar al enemigo, le habremos dado permiso al poder para aplastarnos a nosotros mañana sin darnos oportunidad de defensa.
Aquí radica el papel central de la judicatura frente a las y los ciudadanos. Los jueces no estamos para complacer a mayorías momentáneas, buscar aplausos fáciles, ni someternos a la voluntad de los gobiernos. La función judicial consiste en ser el contrapeso que garantiza que la Constitución y los derechos humanos se apliquen por igual, sobre todo cuando hacerlo resulta impopular y muchas veces el justiciable no logre comprender el alcance de la determinación, porque no conoce las circunstancias del caso en concreto, ni las constancias, ni nada realmente sobre él. Solo repiten y creen aquello que dicen los medios controlando la narrativa.
El debido proceso no es un capricho técnico: es la única garantía de que el día de mañana el poder público no atropelle a cualquiera de nosotros, sin derecho a defensa. Par que las autoridades o cualquiera abuse y vulnere nuestros derechos.
Cuando la democracia se torna lenta y no resuelve con prontitud la deuda histórica de desigualdad, seguridad y justicia, comienzan a escucharse los cantos de las sirenas. En la Odisea, Ulises se ató al mástil para no arrojarse al mar ante promesas seductoras que conducían al naufragio. En América Latina, esas sirenas prometen atajos: orden inmediato, mano dura y prosperidad instantánea, siempre y cuando aceptemos dejar de incomodar con leyes, derechos y tribunales independientes.
El autoritarismo siempre seduce porque ofrece la ilusión de un líder providencial que sabe exactamente qué hacer. Lo que nunca explica es qué herramientas nos quedarán para ponerle un límite cuando descubramos su error o su abuso.
Defender la democracia en nuestra región no significa defender ideologías de turno ni a gobernantes transitorios. Significa cuidar un sistema donde las libertades no sean limosnas que nos regala el poder, sino frenos infranqueables que la ciudadanía impone al poder. Una Constitución no es adorno retórico para ceremonias cívicas; es el pacto vinculante que nos protege a todos.
Nuestra historia se parece al castigo de Sísifo: subir una piedra pesada hasta la cima, solo para verla caer al barranco una y otra vez. En América Latina llevamos generaciones empujando esa roca frente a crisis, fraudes y políticos que se creen salvadores. Pero nosotros no estamos condenados a perder: la gente sí puede frenar la caída. Cada derecho que se defiende, cada juicio limpio y cada sentencia valiente que le pone un alto al abuso del gobierno es una traba firme para no regresar al hoyo.
La democracia nunca será perfecta porque la hacemos personas de carne y hueso, no dioses. La libertad de verdad no es esperar a un iluminado que prometa arreglar la vida a cambio de que nos callemos y obedezcamos; la libertad es tener leyes tan fuertes que nadie pueda pasar por encima de ti. Si el precio de no agachar la cabeza es seguir empujando esa piedra todos los días, la vamos a empujar; pero que le quede muy claro al poder: los ciudadanos no somos sirvientes, la justicia no se vende, y esta montaña no tiene dueño.





