Asistí al evento Business Book Fair y ahí tuve la oportunidad de conocer a Eufrosina Cruz Mendoza, de escuchar su ponencia “origen no es destino”, pude charlar con ella y que me firmara su libro… “Los sueños de la niña de la montaña”. Su historia y su lucha tocaron algo muy profundo en mí. Tal vez porque soy chiapaneca, y desde muy niña conocí una realidad que, aunque no siempre comprendía entonces, con los años pude dimensionar en toda su crudeza.
Vi niñas indígenas llegar a las casas para trabajar, niñas que eran prácticamente vendidas o entregadas para realizar labores domésticas, cuidar hijos ajenos y servir a los adultos.
Quizá por eso, al escuchar a Eufrosina decir que “origen no es destino”, yo no solamente escucho una frase política o social, me lleva a preguntarme, ¿cuántas niñas en México siguen viviendo hoy un destino que nunca eligieron?
Hablar de los llamados usos y costumbres es entrar en un terreno delicado. México es un país profundamente diverso, nuestros pueblos originarios poseen lenguas, conocimientos, tradiciones y formas de organización que son parte fundamental de nuestra riqueza cultural.
Respetar esa diversidad es indispensable, pero respetar una cultura jamás debe significar aceptar la violencia contra sus niñas y mujeres.
Ahí no hay debate posible, porque los derechos de una niña no pueden estar sujetos a negociación.
El problema no es una cultura, el problema es cualquier estructura que permita que un adulto tenga poder sobre una niña y que la sociedad permanezca callada.
La historia de Eufrosina Cruz es justamente la historia de una niña que decidió cuestionar esas estructuras. Mujer indígena zapoteca, creció en Oaxaca y desde su niñez se enfrentó a las limitaciones impuestas a las mujeres de su comunidad. Su lucha por los derechos de las mujeres indígenas llegó al ámbito político y legislativo, donde impulsó cambios para fortalecer sus derechos y para dejar claro que los sistemas normativos indígenas deben respetar los derechos humanos.
“Origen no es destino”, y hoy necesitamos decirlo todavía más fuerte… Ser niña indígena no es destino. Nacer en una comunidad pobre no es destino. Nacer mujer no es destino.
Haber nacido dentro de una determinada tradición no significa renunciar a tus derechos.
Una niña tiene derecho a imaginarse y ser lo que quiera, ser, maestra, escritora, científica, ingeniera, artista. presidenta, y madre, si algún día ella lo decide.
Porque una niña no nació para cumplir el destino que otros escribieron para ella, nació para escribir el suyo.
Eufrosina, tu historia me recordó que a veces una conferencia no termina cuando termina la ponencia, y esta nota es mi manera de continuar esa conversación que tuvimos.
Necesitamos escuchar a las mujeres indígenas, escuchar a las niñas, trabajar con las autoridades comunitarias.
Fortalecer la enseñanza en las escuelas. Seguir creando oportunidades económicas para las familias.
Y hacer que la justicia llegue hasta los lugares donde durante décadas no llegó. Porque prohibir una práctica en una ley es importante.
Pero cambiar las condiciones que permiten que esa práctica sobreviva es indispensable.
Y hay preguntas que me parecen todavía más dolorosas…
¿Qué pasa con las niñas que ya vivieron todo esto?
¿Quién les devuelve la infancia?
¿Quién repara el miedo?
¿Quién sana los golpes?
¿Quién repara los años de silencio?
¿Quién les dice que aquello que les hicieron no fue culpa suya?
Porque muchas veces hablamos de erradicar una práctica, pero olvidamos a las mujeres que llevan décadas cargando sus consecuencias.
Porque una niña no debería heredar el destino de su madre simplemente porque su madre tuvo que vivirlo.
No debería repetir la historia de su abuela. No debería aprender demasiado pronto que su cuerpo, su tiempo y su vida pertenecen a los demás.
Ninguna niña nace para servir. Ninguna niña nace para ser esposa. Ninguna niña nace para ser mercancía.
Nace para descubrir quién es.
Para jugar.
Para aprender.
Para imaginar.
Para equivocarse.
Para estudiar.
Para soñar.
Y algún día, cuando sea adulta, decidir por sí misma qué quiere hacer con su vida. No podemos mirar hacia otro lado, no podemos decir “así son sus costumbres”.
Las tradiciones que nos dan identidad debemos preservarlas, pero las prácticas que lastiman, someten y destruyen la vida de una niña deben ser cuestionadas y transformadas.
Gracias, Eufrosina, por recordármelo, gracias por ponerle palabras a una lucha que muchas mujeres han librado en silencio.
Y gracias, también, por provocar esta pregunta que hoy quiero dejar sobre la mesa…
¿Qué clase de sociedad queremos ser si somos capaces de defender una tradición, pero no somos capaces de defender a una niña?
Ninguna niña debería necesitar convertirse en heroína para poder ejercer el derecho más elemental de todos, vivir una infancia plena.
Les mando un abrazo fraterno.





