Nueva York declaró una emergencia sanitaria ante el repunte del sarampión, en un contexto de descenso de la vacunación infantil y desinformación. La resistencia a las vacunas vuelve a poner en riesgo la salud pública, mientras Estados Unidos enfrenta su peor año de contagios desde 1991.

Nueva York declaró una emergencia sanitaria estatal el 5 de octubre ante el aumento de casos de sarampión, una enfermedad prevenible mediante vacunación que vuelve a encender las alarmas en Estados Unidos. La gobernadora Kathy Hochul emitió una orden ejecutiva para ampliar el número de profesionales autorizados a aplicar vacunas y solicitar pruebas diagnósticas, con el objetivo de contener la propagación del virus.

Hasta el 3 de octubre, Nueva York acumulaba 108 casos confirmados, siete en la ciudad y 101 en el resto del estado. En Pensilvania, la cifra ascendía a 1,004 contagios, 198 hospitalizaciones y cinco muertes desde el inicio de un brote en abril. En conjunto, Estados Unidos había registrado cerca de 3,900 casos durante 2026, de acuerdo con los datos citados en el reporte.

Detrás de este repunte se encuentra una señal preocupante: la disminución de la vacunación infantil, impulsada en parte por la desinformación, según advirtió el senador estatal Gustavo Rivera. Las posturas antivacunas que difunden afirmaciones sin sustento científico no son una simple diferencia de opinión cuando contribuyen a debilitar la protección colectiva: sus consecuencias pueden alcanzar a niñas, niños y personas vulnerables que enfrentan mayores riesgos ante una infección.

Estados Unidos había declarado eliminado el sarampión en el año 2000, gracias a los altos niveles de vacunación; sin embargo, la cobertura infantil cayó por debajo del 95% considerado necesario para evitar la transmisión sostenida. La emergencia evidencia el costo de descuidar la prevención y permitir que la desinformación erosione la confianza en las vacunas. Mientras las autoridades amplían las medidas sanitarias, recuperar la cobertura de inmunización resulta fundamental para frenar los contagios y evitar más hospitalizaciones y muertes.