La diputada plurinominal del PRI evitó condenar los empujones y forcejeos protagonizados por su compañero Carlos Mancilla contra Arturo Ávila y, en cambio, defendió su actuación.

La diputada Tania Larios, del PRI, quedó en el centro de las críticas luego de pronunciarse sobre el enfrentamiento entre su compañero de bancada Carlos Gutiérrez Mancilla y el morenista Arturo Ávila, ocurrido en instalaciones del Senado. Ante la violencia registrada, la priista soltó un contundente “¡sí está bien!”, declaración que fue interpretada como una justificación de la agresión.

El episodio incluyó empujones, forcejeos e insultos y, de acuerdo con reportes de La Jornada, Mancilla incluso habría intentado tomar del cuello a Ávila. Lejos de marcar distancia o condenar la conducta de su compañero, Larios optó por respaldarlo, provocando cuestionamientos por normalizar la violencia entre legisladores.

El pleito ocurrió después de que Arturo Ávila exigiera acelerar el proceso de desafuero contra Alejandro “Alito” Moreno, dirigente nacional del PRI. La petición habría provocado la reacción de Mancilla, identificado como cercano al líder priista. Es decir, ante la falta de argumentos políticos, la discusión terminó trasladándose al terreno de los empujones.

Y aquí aparece Tania Larios, quien aparentemente encontró una peculiar manera de defender el trabajo legislativo: justificar los golpes y el forcejeo. La diputada, que llegó al Congreso por la vía plurinominal, fue cuestionada porque, en lugar de exigir respeto y condenar cualquier agresión física, terminó validando el comportamiento de su compañero.

El incidente vuelve a exhibir el nivel de confrontación dentro del Congreso y abre otra pregunta incómoda para el PRI: ¿qué mensaje envían sus legisladores cuando una agresión física no merece una condena, sino un “sí está bien”? Mientras el discurso público exige elevar el debate político, algunos representantes parecen empeñados en convertir el Congreso en ring.

Así, Tania Larios terminó haciendo de vocera del “sí se vale”, justo cuando lo mínimo que se esperaba de una legisladora era rechazar la violencia. Una defensa que, lejos de apagar el escándalo, terminó echándole más gasolina al pleito entre priistas y morenistas.