El expresidente asegura que nunca insultó ni puso apodos a sus adversarios, pese a que su discurso contrasta con la confrontación política que caracterizó su paso por Los Pinos.
Felipe Calderón volvió a presentarse como defensor de la democracia y presumió haber respetado a sus opositores durante su mandato; sin embargo, sus declaraciones reavivaron las críticas contra el expresidente panista, señalado por la contradicción entre su discurso de tolerancia y el legado político de su sexenio.
En una entrevista con Adela Micha, Calderón afirmó que luchó por la democracia desde joven, recordó sus negociaciones con el expresidente Ernesto Zedillo para impulsar la transición política y destacó la creación de un Consejo General del Instituto Federal Electoral (IFE) independiente, encabezado por José Woldenberg. También sostuvo que nunca llamó enemigos a sus adversarios, jamás se burló de ellos ni les puso apodos. Una versión de sí mismo que parece convenientemente editada.
El exmandatario también defendió la legitimidad de su triunfo en las elecciones presidenciales de 2006, cuando venció por un margen mínimo a Andrés Manuel López Obrador, en unos comicios cuyo resultado fue impugnado por la coalición de izquierda. Calderón aseguró que existen testimonios y publicaciones que respaldan su victoria y negó que haya pruebas suficientes para sostener un fraude electoral.
Pero su relato omite la profunda crisis de legitimidad que acompañó aquel proceso, las protestas posteriores y el conflicto político que dividió al país. Que el resultado haya sido validado por las autoridades electorales no borra el cuestionamiento público que dejó aquella elección ni obliga a aceptar la versión del expresidente sin crítica.
La ironía es que Calderón ahora presume tolerancia y respeto a la oposición, como si su sexenio hubiera transcurrido en un ambiente ajeno a la polarización. Su intento de presentarse como ejemplo democrático resulta cuestionable cuando busca convertir su propia versión de la historia en un veredicto definitivo. Más que dar lecciones de democracia, el expresidente tendría que explicar por qué su discurso actual pretende borrar las controversias que todavía pesan sobre su legado.





