El presidente de Estados Unidos impulsa un cambio de terminología en las dependencias federales para mejorar la percepción de esta tecnología, mientras crecen las alertas de especialistas sobre sus riesgos y la falta de supervisión humana.
El presidente Donald Trump llevó su defensa de la inteligencia artificial (IA) a otro nivel: advirtió que la Casa Blanca considera “enemigo” a cualquiera que utilice ese término en lugar de “superinteligencia”, una denominación que busca imponer para referirse a esta tecnología. El mandatario no explicó qué consecuencias tendría su advertencia.
A través de su red Truth Social, Trump aseguró que el nuevo concepto es más preciso y está siendo bien recibido. La propuesta no es nueva: en septiembre, durante su intervención ante la Asamblea General de la ONU, ya había defendido el cambio porque, según él, el nombre “sonaba mucho mejor”. Posteriormente firmó un decreto para establecer esa terminología en las dependencias del Gobierno estadounidense.
La medida no obliga a las empresas privadas, aunque compañías como Meta, de Mark Zuckerberg, ya han utilizado el término en comunicaciones internas. Elon Musk, aliado de Trump y director ejecutivo de Tesla, también lo ha empleado en publicaciones. Más allá del cambio de palabras, la administración busca proyectar una imagen positiva de la tecnología, en medio de la preocupación ciudadana por sus efectos y las protestas contra la construcción de centros de datos.

Mientras Trump intenta mejorar la reputación de la IA a golpe de decreto y advertencias, especialistas del sector mantienen sus alertas. Tres investigadores de seguridad que fueron despedidos de OpenAI, la empresa creadora de ChatGPT, pidieron que no se desarrollen sistemas cuyo razonamiento resulte ilegible para las personas encargadas de supervisarlos.
Jasmine Wang, Tomek Korbak y Mikita Balesni plantearon que los modelos deben permitir comprender cómo llegan a sus conclusiones. Un responsable de investigación de OpenAI manifestó estar de acuerdo con esas recomendaciones y destacó la importancia de verificar paso a paso las decisiones de los sistemas. La empresa acusa a los investigadores de divulgar información confidencial sin seguir los procedimientos establecidos.
Las advertencias se suman a otras salidas recientes de especialistas que cuestionan la cultura de seguridad en el sector. Jacob Coxon, quien pasó a Anthropic, acusó a las empresas de jugar con la vida de las personas, mientras que David Robinson renunció a OpenAI por considerar inadecuado su enfoque frente a los riesgos. Así, mientras Trump discute cómo llamar a la tecnología, el debate de fondo sigue siendo cómo garantizar que su desarrollo sea seguro y supervisable.





