Por Alexandro Guerrero
Teatro Brujo pone en escena con altísimo nivel, una serie de desobediencias a la cronotopia en Warmi Kuntur; Voz escénica para una mujer alada, de Teatro Brujo, Mabel Petroff y Bruno Castilo en Centro Cultural El Hormiguero
Toda colonización empieza por robarle el tiempo al otro. Antes que la tierra, antes que la lengua, se coloniza el reloj. Nos enseñaron que el tiempo es una línea que avanza, que progresa, que deja atrás. Que lo ancestral es lo superado. Que ser mujer es entrar, a tiempo, en la jaula que otros diseñaron.

Mabel Petroff y Bruno Castillo llevan años sosteniendo una compañía que es en sí misma una desobediencia geográfica: México-Ecuador. “La compañía nació justamente con la intención de romper fronteras y poner en diálogo distintas perspectivas culturales. Ese desplazamiento geográfico también ha sido un desplazamiento de la mirada”.
Ese desplazamiento es epistémico. No es turismo cultural. Es lo que Silvia Rivera Cusicanqui llama pensamiento ch’ixi: esa mancha donde blanco y negro no se mezclan en gris, sino que se contaminan, se cuestionan, permanecen en tensión fecunda.

“Hemos transitado por el circo, el performance, el clown, la dramaturgia, el trabajo corporal, la máscara, la música y también por investigaciones vinculadas con nuestra memoria y nuestra identidad. Hemos entendido que no se trataba de acumular lenguajes, sino de encontrar un lenguaje propio capaz de contenerlos”.
Y aquí aparece la primera clave decolonial de la obra: para Teatro Brujo, lo intercultural no es sumar exotismos. “No consiste en poner un elemento andino junto a uno europeo o mexicano y decir que hemos hecho una mezcla. Es mucho más profundo: es permitir que esas culturas se cuestionen entre sí y que, en ese encuentro, aparezca algo nuevo”. Lo ensayaron antes en Proyecto Atawallpa con un texto quechua como palimpsesto. En Warmi Kuntur lo encarnan.

El cuerpo de Petroff se vuelve territorio de disputa temporal. En él habitan Nina, la Señorita Julia y Catalina -tres mujeres paridas por la pluma masculina de la modernidad europea: Chéjov, Strindberg, Shakespeare— y la Warmi Kuntur, la mujer cóndor. La abuela.
“La abuela, mi abuela que es el mundo andino ella es pasado y es presente“.
Esa frase destruye la cronología occidental. En la filosofía del tiempo andino, quechua-aymara, el pasado no está atrás. El pasado está delante, porque es lo que ya vimos, lo que conocemos. El futuro está atrás, a nuestras espaldas, porque es lo que no vemos. Ñaupaq, decían los abuelos. Por eso la abuela puede ser pasado y presente al mismo tiempo sin contradicción.

Frente a esa temporalidad circular y encarnada, Nina, Julia y Catalina viven en el tiempo lineal del amo. María Lugones llamó a esto colonialidad del género: el sistema moderno no solo racializó, sino que generizó el tiempo. A Nina se le exige ser a tiempo inocente, a Julia a tiempo culpable, a Catalina a tiempo domesticada. Tres jaulas con reloj.
“¿Cuántas veces una mujer ha tenido que aprender a vivir dentro de una jaula construida por otros?” Es la pregunta que Teatro Brujo pone al centro. No es una pregunta psicológica, es una pregunta ontológica. La jaula es el tiempo patriarcal que les dice cuándo amar, cuándo callar, cuándo morir.Warmi Kuntur no viene a redimirlas. Viene a mostrarles otro tiempo.
Y ese otro tiempo se escucha antes que se entiende. La obra hace del sonido su ritual de descolonización.
“Desde la génesis del proyecto pensamos que las mujeres necesitamos ser voz, articular discurso, generar palabras”, dicen. Por eso convocan a Sandra Olivares, cantante y compositora mexicana que “hizo del canto un dispositivo conceptual de repetición con líneas de búsqueda mestizas y dispares”, a Roberto Moscoso, compositor ecuatoriano que organiza el material, y al luthier Oswaldo Morocho, que construye “un artefacto-instrumento sonoro con las voces de las aves conectándonos con la naturaleza”.
No es casual. Si el logos colonial nos quitó la palabra, el canto y el trino la devuelven. Layla Díaz, codirectora, y Olivares trabajan para que “las mujeres tengan diferencia en sus voces, se sienta la diversidad en su sonoridad y por eso trabajamos mucho como habla cada una de las mujeres-ave”.
Cada mujer-ave es una desobediencia vocal. Ya no hablan como les enseñaron a hablar las obras donde nacieron. Tartamudean, trinando, gritan, cantan en lenguas que no son idioma sino memoria corporal. Es lo que el pensamiento decolonial llama corazonar: pensar con el cuerpo, no sobre el cuerpo. El instrumento de aves de Morocho no es utilería, es epistemología: el conocimiento no viene solo del libro europeo, viene del cielo andino, del canto de los pájaros que los abuelos saben escuchar.
El vestuario de Montserrat Díaz y los cielos filmados por Iván José Petroff terminan de cerrar la operación: hay cosmos. Un cosmos que aviva “los procesos personales y búsquedas propias, porque si bien el Teatro es grupal/colectivo, también nos permite escucha a cada artista que también tiene su propia voz”.
Por eso la obra “no hace concesiones”. “Después de tantos años ya no nos interesa hacer una obra que simplemente sea cómoda de mirar. Nos interesa hacernos preguntas. Y algunas preguntas necesariamente incomodan”.
Incomoda porque desobedece el mandato más fuerte de la modernidad: “progresar”.
“Como Teatro Brujo creemos que el presente es ancestral, necesitamos reconocernos como seres cruzados por las abuelas, por el ritual, por la búsqueda de símbolos que dan sentido a nuestras vidas. El futuro es un valor capitalista, necesitamos ser presente, dejar de ‘progresar’, queremos ser origen”.
El futuro como valor capitalista. Aníbal Quijano lo advirtió: la idea de futuro es la coartada del capital para hacerte despreciar lo que ya eres. Te promete que si trabajas, si te domesticas, si entras en la jaula a tiempo, llegarás a ser alguien. Warmi Kuntur responde: no queremos llegar, queremos volver. No a un pasado idealizado, sino al origen como posición.

Ser origen no es nostalgia, es desobediencia. Es decir: no voy a correr hacia adelante en tu línea, voy a hundirme en mi presente, que está lleno de abuelas.
“La forma que hemos construido nace de aquello que necesitamos decir. Y cuando una poética nace de una necesidad verdadera, deja de ser una elección ornamental: se convierte en una posición frente al mundo”.
Warmi Kuntur es esa posición. Una mujer que en lugar de aprender a vivir en la jaula, aprende a recordar que tiene alas. Y que esas alas no son metáfora, son memoria de cóndor.
En El Hormiguero, por unos minutos, el tiempo del amo se suspende. Y el presente, por fin, se vuelve ancestral.
Hay historias que nos enseñaron a repetir.
Y hay cuerpos que decidieron reescribirlas.
Warmi Kuntur es un vuelo de mujeres que rompen el libreto establecido.

A partir del Jueves 13 de Agosto.
Todos los Jueves, 20:00 H.
En El Hormiguero. Gabriel Mancera 1539. Metro Hospital 20 de noviembre.
#WarmiKuntur #TeatroBrujo #Iberescena2026





