La decisión unilateral de Rubén Rocha Moya de regresar a la gubernatura de Sinaloa representaba una crisis para Morena y, particularmente, para nuestra Presidenta, Claudia. Un acto de tal magnitud pudo haber generado un conflicto político al poner en entredicho la conducción del partido e incluso la capacidad y el poder político de la dirigencia de la Dra. para mantener la cohesión y el orden dentro del movimiento.
La oposición no tardó en aprovechar la coyuntura para atacar al Gobierno, recurriendo nuevamente a su peligrosa narrativa del “narcogobierno”. La decisión de Rocha Moya parecía haberles proporcionado nuevos argumentos para intentar desacreditar al Gobierno y cuestionar su capacidad para garantizar la gobernabilidad y el Estado de derecho.
Sin embargo, el manejo del tema y el posicionamiento rápido y homogéneo que llevaron a cabo la Presidenta y la dirigencia del partido, encabezada por Ariadna Montiel y Citlalli Hernández, evitaron que la situación escalara hasta convertirse en una crisis política. El episodio terminó por pasar como un mal trago para el movimiento, sin que la oposición lograra capitalizarlo políticamente.
La titular del Ejecutivo actuó con eficacia al dejar claro que los intereses de la nación están por encima de cualquier ambición individual, estableciendo con firmeza que una decisión de esa naturaleza no podía estar por encima del interés público ni de la estabilidad institucional. Mientras tanto, en ese mismo tenor la Presidenta de la Comisión Nacional de Elecciones declaró que ese tema podría llegar incluso hasta el tema llegará a la Comisión de Honestidad y Justicia.
Sumado a ello, los demás gobernadores de Morena también se deslindaron de la decisión del gobernador sinaloense, dejándolo políticamente aislado y evitando que su determinación encontrara respaldo.
El manejo fue tan rápido y contundente que no hubo oportunidad para que la coyuntura se prolongara ni para que la oposición lograra instalar su narrativa en la opinión pública. Lo que pudo haberse convertido en un nuevo frente de desgaste para Morena terminó siendo, en cambio, una muestra de la capacidad de conducción política de la Presidenta y de la cohesión del movimiento ante una situación que amenazaba con generar divisiones internas.





