La oposición en México se repite hasta cuando dice renovarse. Incluso al intentar crear alternativas aparentemente novedosas, su esencia sigue siendo igual que hace décadas dentro del rancio conservadurismo juarista.

Desde que anuncian que son nuevos o jóvenes, se advierte su reciclaje, porque ni siquiera llega a ser una posición revisionista sino una reiteración. La tautología como emblema de una oposición que encuentra en lo obvio su única manera de figurar ante los mexicanos les identifica hasta la autoaniquilación.

Movimiento Ciudadano, Somos, y una serie de grupos que exigen lo mismo de siempre: regresar al pasado carente de alternativas y creen engañar a los mexicanos cuando en realidad ellos son los ilusos.

El partido en el poder debe crear su propia oposición para aparentar no estar solo en el gobierno y tratar de crear su propio contrapeso ante el vacío de interlocución y la inexistencia de verdaderos contrincantes. Las traiciones en el partido en el poder parecieran ser recurrentes, pero eso no puede considerarse un triunfo de la oposición sino una manera simulacros para cuando haya en realidad disidencia.

La oposición de derecha tiene muchos años sin propuestas sin consignas que identifiquen su postura sin propuestas que les otorgue personalidad, simplemente pugnan por repetirse a sí mismas, como si sus regímenes hubieran sido aceptados por los mexicanos.

Los gobiernos del pasado decepcionaron a los mexicanos, y sólo entusiasman a quienes tienen intereses en lo que se quedó atrás. No conocen la historia sino que apoyan la rutinaria manera del autoritarismo y la decadencia de una derecha que ahora debe apoyarse en Estados Unidos para ser competitivos electoralmente.

Es evidente que la oposición arroja a la vida política hijos con alma de ancianos. Los vemos con los intentos fallidos por crear partidos que se autodenominan nuevos cuando sólo son los despojos de otros que el pueblo rechazó hasta el exterminio.

La oposición pierde por flojera. Sus líderes se consideran paladines de la democracia, cabecillas de la libertad, destructores de dictaduras y no son capaces de aportar una sola línea al texto de la historia. Son burócratas que el mismo partido procreó en medio de ideas vetustas y que se los colocaron en el estancamiento de la evolución lógica y natural del país.

Para las elecciones del próximo año la oposición prepara su discurso basado en el pasado. La propia decapitación de la estatua oxidada de su líder usurpador, es un retroceso político, esa agresión es un símbolo que la derecha no resiste. No sólo es un agravio sino la muerte real de quien consideran el último de los héroes que le dieron poder, aunque fuera de mentiras y a través de ayuda extranjera.

Las estatuas siguen siendo un auxiliar de la derecha. El único referente de la historia, un inerme símbolo de identidad y recordatorio de que la memoria existe.

La oposición de derecha que en México es un pleonasmo, muestra las limitantes del pensamiento disidente, basa su programa en la repetición de propuestas como si éstas le hubieran funcionado. Inexplicablemente repite las acciones que la llevaron a la derrota y seguirán perdiendo espacios por negarse a ver el presente.