Cada septiembre, México se llena de banderas, música, luces tricolores y discursos sobre nuestros héroes nacionales. Recordamos a Hidalgo, Morelos, Allende, Josefa Ortiz, Leona Vicario, Guerrero y a tantos hombres y mujeres que participaron en una de las mayores transformaciones políticas de nuestra historia.
Gritamos ¡Viva México! y celebramos la Independencia. Pero quizá valdría la pena preguntarnos algo más: ¿qué significa hoy ser un país independiente?
Porque la Independencia no fue solamente la ruptura con la Corona española. Fue también la aspiración de que los mexicanos y mexicanas pudiéramos decidir nuestro propio destino.
Y esa aspiración ha tenido que defenderse una y otra vez. Después de consumada la Independencia llegaron nuevas amenazas. México enfrentó intervenciones extranjeras, invasiones, guerras y presiones de potencias que pretendían decidir sobre nuestro territorio y nuestro gobierno.
Fuimos invadidos por Estados Unidos en el siglo XIX. Perdimos más de la mitad del territorio nacional. Después enfrentamos -alentada por los conservadores mexicanos- la segunda intervención francesa y la imposición de un imperio encabezado por Maximiliano.
Y en cada uno de esos momentos apareció una misma pregunta: ¿México sería dueño de su propio destino o permitiría que las potencias extranjeras decidieran por nosotros?
La respuesta de personajes como Benito Juárez fue contundente: México debía ser una nación soberana. Por eso resulta imposible entender nuestra historia nacional sin hablar de la lucha antiimperialista.
Porque México no construyó su identidad únicamente enfrentándose al colonialismo español. También tuvo que defenderse de los proyectos expansionistas de otras potencias. Y esa historia sigue siendo relevante.
Hoy las formas de dominación son diferentes. Ya no necesariamente llegan ejércitos extranjeros a ocupar nuestras plazas. La presión puede aparecer mediante intereses económicos, dependencia tecnológica, organismos financieros, campañas de desinformación, amenazas comerciales, presiones diplomáticas o intentos de intervenir en las decisiones internas de los países.
El imperialismo del siglo XXI puede utilizar otras herramientas, pero mantiene una vieja lógica: que las naciones poderosas puedan imponer condiciones a las naciones que consideran débiles.
Por eso hablar de soberanía en pleno 2026 no es un asunto del pasado. Es un asunto completamente actual. México tiene derecho a definir su política energética, económica, migratoria, social y de seguridad. Tiene derecho a relacionarse con Estados Unidos, Canadá, Europa, América Latina, Asia y el resto del mundo desde la cooperación y el respeto mutuo, no desde la subordinación.
Un México soberano puede comerciar con el mundo, recibir inversión extranjera, establecer alianzas internacionales y cooperar con otros países. La diferencia está en que cooperar no significa obedecer. Relacionarse con otras naciones no significa renunciar a la dignidad nacional.
Y quizá ese sea uno de los grandes aprendizajes que nos deja nuestra historia. La soberanía no se hereda para siempre. Se defiende todos los días.
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