Vivir las fiestas patrias en una comunidad indígena de la Sierra Juárez de Oaxaca es una experiencia solemne e interesante. Me gustaría dar paso al docente de la Escuela Secundaria Técnica N°31, Rodrigo Aldahir Rendón Pérez, responsable del discurso de la ceremonia conmemorativa del 216 Aniversario de la Independencia de México, de esa comunidad:

La lucha de hace más de dos siglos […] fue, sobre todo, un llamado a construir un país de iguales, un país donde la justicia no fuera privilegio, sino un derecho. La historia nos recuerda que la independencia no fue un regalo, sino el fruto del valor, de la unidad y del compromiso de un pueblo que no se resignó. Y esa enseñanza sigue siendo actual. Porque si somos honestos, todavía hay cadenas que no hemos roto del todo.

En Oaxaca, lo sabemos de cerca. Somos una de las entidades con mayor riqueza indígena de todo el país (zapoteca, mixteca, mazateca, chinanteca, mixe, y tantos pueblos más) y sin embargo, seguimos viendo cómo se discrimina por el color de piel, por hablar una lengua originaria, por el apellido. 

No podemos honrar a Hidalgo, a Morelos, a la Corregidora, mientras sigamos permitiendo que en las aulas, en la casa, en las calles, se trate como inferior a quien lleva en la sangre la raíz más antigua de este país. La independencia que no reconoce esto como una herida abierta, es una independencia incompleta.

Nos enseñaron que México dejó de ser colonia en 1821. Pero la soberanía de un pueblo no es solamente un acta que se firma una vez; es algo que se defiende cada generación, frente a cada nueva forma de dependencia. Hoy esa dependencia no llega con ejércitos extranjeros marchando por nuestras calles. Llega en forma de contratos, de tratados desiguales, de decisiones sobre nuestra tierra, nuestra agua, nuestro maíz y nuestros minerales que se toman lejos de aquí, sin preguntarle a la gente que va a vivir con las consecuencias. Defender la soberanía hoy significa defender el derecho de México y de sus pueblos a decidir sobre lo que es suyo.

Durante décadas se nos dijo que el progreso significaba abrirlo todo al mercado, entregar lo público a manos privadas, medir el valor de las personas por lo que producen y no por lo que son. Ese modelo prometió bienestar para todos y en el camino dejó comunidades enteras sin tierra, sin agua, sin las formas de vida que sus abuelos conocían. Prometió individualismo como libertad, y lo que trajo, muchas veces, fue soledad.

Pero aquí, en nuestros pueblos, siempre hemos tenido otra respuesta, una que es más vieja que cualquier modelo económico importado: la organización comunitaria. El tequio, la asamblea, gozona, el cuidado colectivo de la tierra y del agua. Esa sabiduría ancestral (que algunos quisieron hacer ver como atraso) es en realidad una alternativa real frente a un sistema que nos quiere aislados y compitiendo entre nosotros…(Rendón, 2026).

Pensar la independencia desde los pueblos originarios es sentir la deuda histórica con ellos, que la “modernidad”, el “desarrollo”, el “progreso” y más elementos que se han usado para ocultarlos. Hoy necesitamos darles reconocimiento, respeto y acercarnos a nuestros orígenes porque México es una mezcla de las culturas originarias y una gran cantidad de culturas con las que hemos convivido desde hace siglos, esa es nuestra subjetividad constitutiva.