México enfrenta una tentación recurrente: replicar el modelo estadounidense de gas de lutitas mediante la fracturación hidráulica, o fracking. Sobre el papel suena atractivo, pues promete autosuficiencia energética y empleos. Pero cuando se examinan la ciencia, el territorio y la sociedad mexicana, la apuesta resulta frágil e injustificable.

El problema del agua

El fracking consume volúmenes enormes de agua. Un solo pozo puede requerir entre 10 y 30 millones de litros, y en la práctica se perforan decenas de pozos por zona. Las cuencas con mayor potencial de gas de lutitas, como la de Burgos y Sabinas en el norte, se ubican en regiones áridas y semiáridas donde el agua ya escasea. Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas viven sequías prolongadas y acuíferos sobreexplotados. Destinar agua a inyectarla en el subsuelo significa quitársela a comunidades, agricultura y ganadería.

Además, el agua que regresa a la superficie no sirve para nada: sale mezclada con químicos, metales pesados, sales y, a veces, material radiactivo natural del subsuelo. Tratarla es costoso y complejo, y su mal manejo contamina suelos y ríos.

Riesgos geológicos y de contaminación

La técnica consiste en inyectar a alta presión agua, arena y aditivos químicos para romper la roca y liberar el gas atrapado. Los pozos atraviesan los acuíferos antes de llegar a la lutita, y cualquier falla en el cementado o en el revestimiento puede provocar fugas hacia el agua subterránea. Los estudios en Estados Unidos han documentado casos de contaminación por metano y otras sustancias, y la tasa de fallas en pozos envejecidos es considerable.

También existe sismicidad inducida. La inyección de aguas residuales en pozos de disposición ha generado temblores en Oklahoma y Texas, antes casi inexistentes. México es un país sísmicamente activo, con infraestructura vulnerable, y no necesita añadir un factor de riesgo provocado por el ser humano.

Un golpe al clima

Se vende al gas como “combustible puente”, pero el metano, su componente principal, tiene un poder de calentamiento unas 80 veces superior al del dióxido de carbono en un horizonte de 20 años. Las fugas en pozos, ductos y compresores son frecuentes y difíciles de medir. Con ellas, la ventaja climática del gas frente al carbón se reduce o desaparece. Apostar por una nueva infraestructura fósil contradice los compromisos climáticos de México y lo ata a décadas de emisiones.

Costos sociales y desigualdad

Las zonas de extracción suelen ser rurales, con comunidades campesinas e indígenas que tienen poco poder de decisión. El fracking implica tránsito pesado, ruido, polvo, ocupación de tierras y presión sobre servicios básicos. Los empleos son temporales y muy especializados, y rara vez benefician a la población local. Cuando termina el auge, quedan pozos abandonados, pasivos ambientales y comunidades con salud y economía deterioradas.

Existe, además, un riesgo de conflicto social. La falta de consulta previa, libre e informada, derecho reconocido en el marco internacional, ha detonado resistencias en distintos países, y varios de ellos, como Francia, Alemania y Bulgaria, optaron por prohibirlo o frenarlo.

La economía tampoco cuadra

Los pozos de lutitas se agotan rápido: su producción puede caer más de 60% en los primeros dos años, lo que obliga a perforar sin parar para mantener el volumen. Es un modelo que exige capital constante, tecnología importada y precios altos del gas. México carece de la infraestructura, el agua y el entorno regulatorio para sostenerlo, y el costo de remediar daños recaería en el erario público.

Hay otros caminos

México posee uno de los mejores recursos solares del planeta, un enorme potencial eólico y geotérmico, y amplias oportunidades de eficiencia energética. Estas alternativas generan empleo, no compiten por agua y reducen la dependencia de combustibles importados.

Apostarle al fracking sería hipotecar el agua, el territorio y el clima por una ganancia de corto plazo. La verdadera seguridad energética está en diversificar con fuentes limpias, no en perforar más profundo en el mismo callejón sin salida.