El relato del emprendedor que ahorra, arriesga, invierte y finalmente cosecha el fruto de su esfuerzo es, probablemente, la pieza de propaganda más eficaz que ha producido el capitalismo contemporáneo. Su eficacia no radica en su sofisticación teórica sino en su simpleza narrativa: un conjunto de pasos a seguir según el manual, una secuencia lógica, un desenlace moralmente satisfactorio.
Quien gana, gana porque lo hizo bien. Quien pierde, pierde porque asumió un riesgo que no supo administrar. Es un cuento con la estructura de una fábula y la pretensión de una ley natural.
El primer problema de este esquema es que presenta el punto de partida como si fuera neutro. Se habla de “ahorro” como si todas las personas tuvieran, en igualdad de condiciones, un excedente disponible para acumular y eventualmente convertir en capital. Pero el ahorro no es una virtud individual desligada de la posición social: es una función directa del ingreso, y el ingreso es una función directa de la estructura de propiedad que ya existe antes de que el relato del emprendedor siquiera comience. Alguien que hereda una casa, una educación cara o simplemente la tranquilidad de no tener que sostener a una familia numerosa con un salario mínimo, ahorra con una facilidad que no está disponible para la mayoría. El invertir capital, lejos de ser un punto de partida común, ya es un resultado desigual de una historia previa que el relato prefiere no contar.
El segundo problema, más profundo, es la pregunta que el esquema evita formular: por qué existe, de entrada, una clase de personas que dispone de medios de producción y otra que solo dispone de su fuerza de trabajo. El emprendedor idealizado no crea el capital de la nada; lo posee porque en algún momento —suyo o heredado, da igual— alguien tuvo acceso privilegiado a la propiedad, mientras otros quedaron excluidos de ella. Esa exclusión no es un accidente del mercado sino su condición de posibilidad.
El riesgo empresarial existe, es cierto, pero es un riesgo que recae sobre el capital, mientras que el trabajador sostiene el riesgo de no poder pagar el alquiler o la comida si el negocio no funciona y es despedido, sin haber tomado jamás la decisión de arriesgar nada. El empresario arriesga una parte de su patrimonio; el trabajador arriesga su subsistencia entera. Y sin embargo el relato invierte esa jerarquía moral y presenta al primero como el héroe que se anima a saltar al vacío, mientras el segundo queda reducido a un costo fijo, una línea en la planilla, alguien que “cobra igual” como si eso fuera un privilegio y no la condición mínima para poder seguir viviendo.
Lo que este esquema pedagógico logra, en definitiva, es naturalizar una relación de explotación presentándola como una secuencia técnica y moralmente neutra. Convierte una estructura de clase en una historia de mérito individual. Convierte la pregunta política —quién tiene acceso a los medios de producción y por qué— en una pregunta de carácter personal: quién tuvo la idea, quién se animó, quién ahorró. De esa manera, cualquier crítica a la desigualdad se puede desactivar apelando a la responsabilidad individual: si no eres empresario es porque no ahorraste, no pensaste una buena idea, no te animaste a arriesgar. La pobreza y la riqueza dejan de ser efectos de una estructura y pasan a ser el resultado directo de decisiones personales, lo cual exime al sistema de toda responsabilidad.
Frente a esto, no se trata de negar que existan personas que emprenden proyectos, ni de desconocer que hay esfuerzo, ingenio y también fracaso en esas trayectorias. Se trata de señalar que ese relato, elevado a modelo general de cómo funciona la economía, oculta la pregunta esencial: por qué la sociedad está organizada de tal manera que la supervivencia de la mayoría depende de que una minoría decida, según su cálculo de ganancia, si vale la pena contratarla. Esa pregunta no tiene respuesta en el esquema del ahorro y la idea de negocio. Tiene respuesta en el análisis de cómo se distribuye, históricamente, la propiedad.





