Mientras las pesquisas sobre el consultor argentino alcanzan distintos países de América Latina, algunos grandes medios parecen haber aplicado la vieja técnica de mirar hacia otro lado cuando la historia resulta incómoda.
Las nuevas investigaciones que involucran a Fernando Cerimedo han vuelto a colocar al consultor argentino en el centro de la polémica política latinoamericana. Sin embargo, el seguimiento de algunos medios tradicionales en México ha sido limitado frente a la dimensión de las acusaciones y pesquisas que rodean al estratega digital.
Portales como TV Azteca no muestran una cobertura equivalente a la atención que otros casos políticos reciben, mientras que Latinus y Grupo Fórmula sí han publicado información, aunque principalmente concentrada en los primeros acontecimientos relacionados con su detención y las acusaciones iniciales. El asunto parece haber perdido espacio justo cuando las investigaciones siguen creciendo.

Y aquí surge la pregunta incómoda: ¿qué pasó con el supuesto periodismo que “investiga hasta las últimas consecuencias”? Cuando el protagonista está vinculado con sectores de derecha y ultraderecha latinoamericana, algunos espacios parecen perder misteriosamente el interés. Para ciertos medios, aparentemente hay investigaciones que merecen horas de cobertura y otras que pueden quedarse convenientemente debajo de la alfombra.
Cerimedo ha sido asesor de Javier Milei, fundador de La Derecha Diario y relacionado con entornos políticos de figuras como Jair Bolsonaro. Además, enfrenta en Bolivia investigaciones por presuntos delitos que él ha negado, mientras en Chile se indaga su posible participación en operaciones de manipulación de opinión pública y campañas digitales. La Cámara de Diputados chilena incluso aprobó una comisión investigadora sobre el tema.
El caso trasciende así las fronteras de un solo país y alcanza presuntas operaciones políticas y digitales transnacionales. Pero mientras las investigaciones avanzan, parte de la prensa parece haber encontrado una solución mucho más sencilla: no hablar demasiado del asunto. Quizá no sea censura ni encubrimiento —eso tendría que demostrarse—, pero el silencio selectivo resulta, cuando menos, bastante llamativo.





